| La
charrería, un deporte familiar con público variado
Lejos
de lo que pudiera pensarse y creerse, que el deporte de la charrería
es únicamente cuestión de familias, en la realidad es muy
diversificado, en lo que al público se refiere.
Recién
finalizó el V Campeonato Nacional Charro que resultó todo
un éxito en la ciudad, mismo que dejó en claro que en Vallarta,
por lo menos, aunque supongo que en toda la República, llama mucho
la atención entre el público en general.
Hay
que desmitificar, y explicar que este tipo de eventos no son únicamente
para el turista, ya que si bien es cierto que acuden algunos extranjeros
y nacionales, la mayoría del público es gente local, y no
necesariamente familiares de los charros o gente del campo y muy relacionada
con los caballos.
Dialogamos
con decenas de espectadores, quienes, muchos de ellos, no provienen de
familias charras ni tienen nada que ver con el campo, sino que simplemente
les atrae el deporte de los piales y las manganas como espectáculo,
así, tal cual.
En
Vallarta, en donde no contamos con mucha actividad cultural y las diversiones
se remiten a bares, discotecas y playa, la gente local busca afanosamente
en qué pasar los fines de semana, en fin, un sano pasatiempo o alguna
actividad lúdica.
La
charreada se ha convertido en esta excelente opción, no sólo
en eventos como este de corte nacional sino en los que se dan localmente.
Así,
profesionistas, trabajadores del volante, empresarios, algunos pequeños
comerciantes, o empleados en general de la hotelería o restauranteros,
acuden entusiasmados a disfrutar de este deporte, que es, como lo dice
claramente su slogan, el “nacional por excelencia”.
Todos
los demás provienen del viejo continente o del vecino país
del norte, a excepción de este que nació en México,
y en es nuestro país en donde mejor se practica.
Uno
de los entrevistados fue el arquitecto Francisco Barba Camarena, quien
rodeado de su familia vivió un fin de semana espectacular asistiendo
los cuatro días del Campeonato.
“A
mis hijas les encanta la charrería, y aclaro que no provenimos de
gente de campo ni tenemos familiares que practiquen este deporte, nos gusta
ver la habilidad de los charros y disfrutamos de cada una de las suertes”.
Otro,
Enrique Figueroa, chofer de oficio, coincidió con el arquitecto
explicando que es todo un acontecimiento, y que a toda su familia le encanta
la charreada.
El
evento contó con una excelente organización, el público
que abarrotó las gradas del lienzo charro “Miguel ‘Prieto’ Ibarría”,
pudo gozar del espectáculo en la mayor de las comodidades y en medio
de una seguridad que les garantiza que se trata de un espectáculo
masivo netamente familiar.
Por
tanto, es importante reconocer la labor de quienes se esfuerzan en serio
por traer este tipo de eventos, como el señor Raúl Díaz
y compañía, ya que son una opción para nuestros visitantes,
pero en mucho mayor grado, para nuestra gente local.
Hasta
la próxima…
Yeguas,
yeguas, yeguas…
Cómo
fuiste capaz de hacerme esto, le decía el marido indignado a su
mujer que se encontraba enroscada entre los brazos del pordiosero del barrio.
Muy sencillo vieja, le contestó éste, el pobre hombre llegó
a la casa y me dijo con mucha desesperación, ándele su merced,
déme algo de lo que su marido ya no use.
Las
carcajadas del público no se hacían esperar, un sombrerudo
vaciaba su tequila en otro espectador que no quería perderse la
mangana de los charros Tres Potrillos, aquel otro se desgañitaba
pidiendo otra cerveza.
Uno
de más allá perdía sus ojos que se salían de
sus órbitas para pegarse como estampas a unas voluptuosas nalgas
que ignoraban al pialador.
La
vista es multidireccional, y mientras que el marido hacía como que
veía la ejecución del paso de la muerte en el lienzo, lo
que en realidad se cuadraba en su ángulo visual era una escultural
fémina que se contoneaba en una danza que al final, ante la inteligencia
de la señora en cuestión, remataba con un bolsazo en plena
crin del mirón en turno, bueno para 25 puntos, más dos del
tiempo ahorrado y uno más por la fuerza del impacto.
Algunos
niños soñaban despiertos sintiendo cómo se meneaban
en el lomo del caballo haciendo una cala de 24 puntos, otros empeñaban
su balón de futbol para cambiarlo por una soga, al menos en sus
sueños y hacían girar sus manos en el aire como si estuvieron
floreando la reata.
Los
aplausos del público los despertaban para introducirlos nuevamente
en la realidad, en la sabiduría de que la charreada terminaría
y regresarían de nuevo a sus clases, teniendo que olvidar caballos,
sogas y sombreros.
Apenas
se daba un respiro en el ruedo, y algunos iban por provisiones en la tangente
de ese círculo mágico en donde se vive el mundo mexicano
de las suertes charras.
Los
sombreros como si fueran platillos voladores se confundían con los
cojines que también caían en picada sobre el ruedo para premiar
las acciones de los charros, quienes agradecían la deferencia del
público conocedor.
El
micrófono seguía exhalando gritos afónicos revueltos
con alaridos de un hombre apasionado que contagiaba a los aficionados con
su entusiasmo a cada acción de los charros.
Y bajo
el grito de batalla del ¡yegua, yegua, yegua!, ese parlante alertaba
a los homo sexus erectus para que se dieran cuenta que pasaba por enfrente
una beldad, con miras a ser devorada por lo menos con la mirada que se
retorcía para esquivar a la inquisidora esposa y para otear cada
minúsculo espacio de ese cuerpo monumental.
Sí,
así son las charreadas, ni más ni menos, un espectáculo
con colorido, emoción, acciones vibrantes, charros atrevidos, público
entusiasta, pero lo más agradable, motivante y excitante de todo,
es, sin duda alguna… las yeguas, yeguas, yeguas. |