Tiro Directo
Por: JORGE BATIZ (jorgebatiz@hotmail.com)
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1 de marzo del 2007
 
La charrería, un deporte familiar con público variado

Lejos de lo que pudiera pensarse y creerse, que el deporte de la charrería es únicamente cuestión de familias, en la realidad es muy diversificado, en lo que al público se refiere.

Recién finalizó el V Campeonato Nacional Charro que resultó todo un éxito en la ciudad, mismo que dejó en claro que en Vallarta, por lo menos, aunque supongo que en toda la República, llama mucho la atención entre el público en general.

Hay que desmitificar, y explicar que este tipo de eventos no son únicamente para el turista, ya que si bien es cierto que acuden algunos extranjeros y nacionales, la mayoría del público es gente local, y no necesariamente familiares de los charros o gente del campo y muy relacionada con los caballos.

Dialogamos con decenas de espectadores, quienes, muchos de ellos, no provienen de familias charras ni tienen nada que ver con el campo, sino que simplemente les atrae el deporte de los piales y las manganas como espectáculo, así, tal cual.

En Vallarta, en donde no contamos con mucha actividad cultural y las diversiones se remiten a bares, discotecas y playa, la gente local busca afanosamente en qué pasar los fines de semana, en fin, un sano pasatiempo o alguna actividad lúdica.

La charreada se ha convertido en esta excelente opción, no sólo en eventos como este de corte nacional sino en los que se dan localmente.

Así, profesionistas, trabajadores del volante, empresarios, algunos pequeños comerciantes, o empleados en general de la hotelería o restauranteros, acuden entusiasmados a disfrutar de este deporte, que es, como lo dice claramente su slogan, el “nacional por excelencia”.

Todos los demás provienen del viejo continente o del vecino país del norte, a excepción de este que nació en México, y en es nuestro país en donde mejor se practica.

Uno de los entrevistados fue el arquitecto Francisco Barba Camarena, quien rodeado de su familia vivió un fin de semana espectacular asistiendo los cuatro días del Campeonato.

“A mis hijas les encanta la charrería, y aclaro que no provenimos de gente de campo ni tenemos familiares que practiquen este deporte, nos gusta ver la habilidad de los charros y disfrutamos de cada una de las suertes”.
Otro, Enrique Figueroa, chofer de oficio, coincidió con el arquitecto explicando que es todo un acontecimiento, y que a toda su familia le encanta la charreada.

El evento contó con una excelente organización, el público que abarrotó las gradas del lienzo charro “Miguel ‘Prieto’ Ibarría”, pudo gozar del espectáculo en la mayor de las comodidades y en medio de una seguridad que les garantiza que se trata de un espectáculo masivo netamente familiar.

Por tanto, es importante reconocer la labor de quienes se esfuerzan en serio por traer este tipo de eventos, como el señor Raúl Díaz y compañía, ya que son una opción para nuestros visitantes, pero en mucho mayor grado, para nuestra gente local.

Hasta la próxima…

Yeguas, yeguas, yeguas…
 

Cómo fuiste capaz de hacerme esto, le decía el marido indignado a su mujer que se encontraba enroscada entre los brazos del pordiosero del barrio. Muy sencillo vieja, le contestó éste, el pobre hombre llegó a la casa y me dijo con mucha desesperación, ándele su merced, déme algo de lo que su marido ya no use.

Las carcajadas del público no se hacían esperar, un sombrerudo vaciaba su tequila en otro espectador que no quería perderse la mangana de los charros Tres Potrillos, aquel otro se desgañitaba pidiendo otra cerveza.

Uno de más allá perdía sus ojos que se salían de sus órbitas para pegarse como estampas a unas voluptuosas nalgas que ignoraban al pialador.

La vista es multidireccional, y mientras que el marido hacía como que veía la ejecución del paso de la muerte en el lienzo, lo que en realidad se cuadraba en su ángulo visual era una escultural fémina que se contoneaba en una danza que al final, ante la inteligencia de la señora en cuestión, remataba con un bolsazo en plena crin del mirón en turno, bueno para 25 puntos, más dos del tiempo ahorrado y uno más por la fuerza del impacto.

Algunos niños soñaban despiertos sintiendo cómo se meneaban en el lomo del caballo haciendo una cala de 24 puntos, otros empeñaban su balón de futbol para cambiarlo por una soga, al menos en sus sueños y hacían girar sus manos en el aire como si estuvieron floreando la reata.

Los aplausos del público los despertaban para introducirlos nuevamente en la realidad, en la sabiduría de que la charreada terminaría y regresarían de nuevo a sus clases, teniendo que olvidar caballos, sogas y sombreros.
Apenas se daba un respiro en el ruedo, y algunos iban por provisiones en la tangente de ese círculo mágico en donde se vive el mundo mexicano de las suertes charras.

Los sombreros como si fueran platillos voladores se confundían con los cojines que también caían en picada sobre el ruedo para premiar las acciones de los charros, quienes agradecían la deferencia del público conocedor.

El micrófono seguía exhalando gritos afónicos revueltos con alaridos de un hombre apasionado que contagiaba a los aficionados con su entusiasmo a cada acción de los charros.

Y bajo el grito de batalla del ¡yegua, yegua, yegua!, ese parlante alertaba a los homo sexus erectus para que se dieran cuenta que pasaba por enfrente una beldad, con miras a ser devorada por lo menos con la mirada que se retorcía para esquivar a la inquisidora esposa y para otear cada minúsculo espacio de ese cuerpo monumental.

Sí, así son las charreadas, ni más ni menos, un espectáculo con colorido, emoción, acciones vibrantes, charros atrevidos, público entusiasta, pero lo más agradable, motivante y excitante de todo, es, sin duda alguna… las yeguas, yeguas, yeguas.

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